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¿Te gustaría recuperar la salud?

Foto por Diana Gómez

Antes de decidir que queremos estar sanas, necesitamos reconocer que estamos enfermas

Adaptado del capítulo “Vive tu diseño” del libro Mujer, Renuévate

Por Cynthia Ramirez de Rodiles

Un pequeño vistazo a las historias en las cuales vemos que Jesús sana nos recuerda lo hermoso de su ministerio en esos años aquí en la Tierra.

¡No cabe duda de que cada instancia en la que vemos registrada un milagro nos cautiva! Y nos cautiva porque muy dentro de nuestro ser resalta la necesidad y el deseo que todas tenemos de ser restauradas, reconciliadas con nuestro Creador, y muchas veces, reconciliadas con nuestro cuerpo, con nosotras mismas.

Consideremos la siguiente historia:

“Después Jesús regresó a Jerusalén para la celebración de uno de los días sagrados de los judíos. Dentro de la ciudad, cerca de la puerta de las Ovejas, se encontraba el estanque de Betesda, que tenía cinco pórticos cubiertos. Una multitud de enfermos —ciegos, cojos, paralíticos— estaban tendidos en los pórticos. Uno de ellos era un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio y supo que hacía tanto que padecía la enfermedad, le preguntó:

—¿Te gustaría recuperar la salud?

—Es que no puedo, señor —contestó el enfermo—, porque no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando se agita el agua. Siempre alguien llega antes que yo.

Jesús le dijo:

—¡Ponte de pie, toma tu camilla y anda!

¡Al instante, el hombre quedó sano! Enrolló la camilla, ¡y comenzó a caminar! Pero ese milagro sucedió el día de descanso, así que los líderes judíos protestaron. Le dijeron al hombre que había sido sanado:

—¡No puedes trabajar el día de descanso! ¡La ley no te permite cargar esa camilla!

Pero él respondió:

—El hombre que me sanó me dijo: “Toma tu camilla y anda”.

—¿Quién te dijo semejante cosa? —le exigieron.

El hombre no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la multitud; pero después, Jesús lo encontró en el templo y le dijo: «Ya estás sano; así que deja de pecar o podría sucederte algo mucho peor». Entonces el hombre fue a ver a los líderes judíos y les dijo que era Jesús quien lo había sanado”. (Juan 5:1-15 NTV)

La palabra en griego que se traduce aquí como “salud” es ὑγιής (hugiés). Aparece doce veces en el Nuevo Testamento, la mayoría en el libro de Juan. Es un adjetivo que describe algo que ha sido restaurado, sanado, que ahora está íntegro, completo de nuevo. Se usa para:

1. describir un milagro y

2. hacer una invitación.

Es importante notar que no solamente habla de salud física. Se utiliza la misma palabra en Tito 2:8 para hablar de sana doctrina (pura, íntegra, irreprochable) y eso nos da una pauta para pensar que va más allá de un entendimiento de salud como la ausencia de enfermedad física. Para Jesús (y en toda la Biblia) vemos que la invitación es a mucho más que eso.

Pero antes de saber que queremos estar sanas, o estar sanas de nuevo, necesitamos reconocer que estamos enfermas.

Para algunas es fácil reconocer éstas áreas (por ejemplo: enfermedades físicas crónicas, algún abuso que no ha sido sanado, marcas que nos gustaría que desaparecieran, deseos que tenemos en cuanto a nuestra apariencia, patrones dañinos en nuestro día a día, enfermedades mentales, etc.) pero no siempre es tan sencillo.

En ocasiones escogemos enfocarnos en áreas que sirven como máscara o protección para lo que realmente está sucediendo en lo más profundo de nuestro ser.

Jesús sigue haciendo la invitación a cada una de nosotras, la pregunta siempre ha sido: ¿Quieres estar sana? ¿Te gustaría recuperar la salud? Y para ti, ¿cómo se ve eso? ¿Qué estás esperando que Dios haga?

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